No puedo evitar hacer mención a esta noticia, que pasa casi desapercibida en la totalidad de medios de comunicación españoles, aunque es de una importancia mayúscula:
PSOE y PP han hecho públicas este mediodía las listas de consenso para la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Ambas formaciones han propuesto nueve nombres, y otros dos han quedado a propuesta de CiU y PNV. El nuevo Consejo, muy politizado, contará con la presencia de 7 mujeres, entre ellas, la ex secretaria de Estado con el PSOE, Margarita Robles, o la juez del caso del ácido bórico, Gema Gallego, propuesta por el PP. En la lista también se encuentra Fernando de Rosa, el actual conseller de Justicia en la Comunidad Valenciana.
Es fácil para el ciudadano medio no darse cuenta de lo que significa esta noticia en el fondo: que lo de España no puede considerarse una democracia. Y, ¿por qué?
Porque en una democracia hay tres poderes: ejecutivo (nuestros queridos políticos), judicial y legislativo, que deben ser independientes y controlarse entre ellos para evitar que una persona o grupo de personas (en nuestro caso un partido político) tenga un control absoluto. Y, ¿qué nos encontramos en España? Que el poder ejecutivo escoge al judicial, que para más inri, son personas pertenecientes a partidos políticos y de conocida ideología política (un juez debería ser imparcial, o al menos aparentarlo). Para acabar de rematarlo, el sistema está montado para que en las elecciones generales sólo puedan ganar PSOE o PP, quienes, por si no lo sabéis, a su vez "sirven" a terceras personas (grandes empresarios, multimillonarios, banqueros...) y sí, ambos partidos sirven a los mismos.
Señores y señoras, lo que tenemos en España es una especie de dictadura disfrazada de democracia. Vota a unos, vota a otros, vota en blanco o no votes. Realmente da igual, no vas a cambiar nada, los que mandan de verdad seguirán haciéndolo.
Y quiero terminar reproduciendo el artículo de Sánchez Dragó comentando esta noticia, qué pocos periodistas osan decir las cosas tan claras.
9 de septiembre de 2008.- Cambio de régimen. El país –sus gentes- se cruza de brazos, desvía la mirada y sigue yendo a lo suyo mientras el sistema democrático se desmorona. Sólo unos cuantos periodistas y algún que otro contertulio patalean. Es lo de siempre: España no tiene pulso.
El lunes, cogiditos del brazo todos, los del gobierno, los de la oposición y los chicos del coro de la opereta nacionalista, se apuntilló el toro de la democracia. Andaba ésta herida de muerte desde el verano del 85, cuando los socialistas vincularon el poder judicial al legislativo, pero los del PP, aunque sólo fuera de boquilla y por guardar las formas, no avalaban la felonía ni estaban en ese ajo. Ahora ya lo están, metidos en él hasta el cuello. Son cómplices de los liberticidas en un delito de alta traición, pues traición y delito es convertir a los jueces en piezas del engranaje de la partitocracia.
Se veía venir, sabíamos todos que en septiembre pasaría eso, y lo sabíamos desde que Zapatero y Rajoy –don Juan y doña Inés- representaron en la Moncloa, sin esperar a noviembre, la escena del sofá, pero el dolor sólo duele cuando llega. Y ya ha llegado. A partir de ahora ni siquiera es necesario fingir. Los miembros del Consejo General del Poder Judicial son, simultáneamente, jueces y partes en todas las cuestiones que se sometan a su alto arbitrio. Nunca mejor dicho lo de partes, pues los nombran los partidos. Y, desde Roma, y en estricta aplicación de los principios de la más elemental lógica aristotélica, eso es, por definición, incompatible a rajatabla con la idea y la esencia de la Justicia.
¿Qué podemos hacer? Respondo: nada. Así de sencillo, así de triste. ¿Sustituir, en las próximas elecciones generales, a Zapatero por Rajoy, o por quien sea, y a los del PSOE por los del PP? ¡Pero si son iguales! ¿Votar a Rosa Díez estemos o no de acuerdo con la totalidad de su programa? Servirá de poco. ¿Irnos a tomar unas cervecitas mientras los súbditos de la partitocracia acuden mansamente a las urnas? Quizá sea eso lo más digno. Y una de dos, amigos: o lo que hay aquí no es una democracia, y en tal caso yo aún puedo llamarme demócrata, o sí lo es, y entonces... Rellenen los puntos suspensivos. Dicho queda.











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